Su cesta está vacía
El antropólogo Arjun Appadurai describió la comida como un «hecho social altamente condensado» (Appadurai, 1981), lo que significa que la comida conlleva sistemas de valor, memoria, jerarquía e intercambio. A través de la comida, podemos comprender las estructuras sociales, las historias migratorias, la adaptación ecológica y el poder político. La comida nunca es solo sustento; es un mapa de relaciones.
De manera similar, el antropólogo Tim Ingold (1993) nos invita a repensar el paisaje no como un fondo estático, sino como un paisaje de tareas: un campo de actividades continuas moldeado por prácticas humanas y no humanas a lo largo del tiempo. El paisaje, en este sentido, es procesual. Se construye a través del trabajo, el cuidado, el movimiento y la repetición.
Al combinar estas perspectivas, surge el concepto de paisaje alimentario : una forma de comprender el territorio como la intersección de la ecología, la cultura, la economía y las prácticas cotidianas. Un paisaje alimentario no es simplemente donde crecen los alimentos, sino donde florece el significado.
Las islas intensifican esta relación. Los recursos limitados, las restricciones ecológicas, las historias migratorias y los ciclos estacionales hacen más visible la conexión entre la supervivencia y el paisaje. Esto se evidencia especialmente en Ilha do Pico , una isla volcánica donde la piedra, la sal, el viento y la escasez han moldeado tanto el cultivo como la gastronomía.
El Laboratorio del Observatorio parte de esta premisa: que Pico puede ser leído, comprendido y reimaginado a través de su paisaje comestible.
Hablar de comida es hablar de la vida social misma. 
En su influyente ensayo sobre gastropolítica, Arjun Appadurai (1981) argumentó que la comida no es simplemente una sustancia material, sino un «hecho social altamente condensado». Lo que comemos, cómo lo preparamos, quién cocina, quién sirve y quién es invitado a la mesa: estos gestos nunca son neutrales. Reflejan jerarquías, valores, acceso a recursos y distinciones simbólicas. La comida organiza el sentido de pertenencia. Marca el interior y el exterior. Codifica la memoria.
En muchas sociedades —y particularmente en contextos insulares— la comida también refleja historias de escasez y adaptación. Cuando los recursos son limitados, la práctica culinaria se vuelve ingeniosa. La sustitución, la improvisación y la experimentación se convierten en estrategias de supervivencia. Con el tiempo, estas estrategias se consolidan y se convierten en tradición.
Lo que hoy puede parecer marginal —una planta silvestre que crece al borde de un campo, una infusión medicinal recordada por un anciano— a menudo conlleva una genealogía de necesidad.
La perspectiva de Appadurai es especialmente relevante en territorios marcados por la migración . La comida viaja. Las recetas migran. Las semillas cruzan océanos. Las técnicas se adaptan a nuevas ecologías. En Pico, las historias de emigración y retorno han influido no solo en el tejido social, sino también en los repertorios culinarios. Por lo tanto, el panorama gastronómico de la isla no está aislado; es atlántico.
Los alimentos también son un medio para ejercer poder. ¿Qué plantas se consideran valiosas? ¿Cuáles se descartan como malas hierbas? ¿Cuáles se asocian con la pobreza? ¿Cuáles se revalorizan como productos gourmet?
Las plantas silvestres comestibles suelen ocupar posiciones ambiguas. Históricamente esenciales en tiempos de escasez, pueden ser estigmatizadas posteriormente como signos de privación, para luego ser redescubiertas en la gastronomía contemporánea como símbolos de autenticidad o sostenibilidad.
Por lo tanto, trabajar hoy con plantas silvestres no es meramente botánico. Es cultural y político. Requiere sensibilidad hacia la memoria, la dignidad y la transformación.
Para nosotros, esta comprensión moldea el Laboratorio del Observatorio desde sus inicios. No consideramos las plantas silvestres como curiosidades exóticas ni como ingredientes de moda. Intentamos abordarlas como nodos en una red de relaciones: ecológicas, históricas y emocionales.
La comida es, por lo tanto, memoria encarnada. Es historia digerida. Y en una isla como Pico, donde coexisten la restricción volcánica y la apertura atlántica, la comida se convierte en una lente particularmente poderosa para comprender el paisaje. De aquí surge naturalmente la pregunta: si la comida revela las relaciones sociales, y si el paisaje es moldeado por la práctica, ¿cómo nos adentramos en esta relación?
Para nosotros, una respuesta es caminar.
La concepción de Ingold del paisaje como un entorno de tareas (1993) influye profundamente en nuestra manera de pensar sobre el caminar. Para él, caminar no es simplemente un desplazamiento; es una forma de participar en procesos continuos. A través del caminar, aprendemos sobre los gradientes de humedad, la textura del suelo, la exposición al viento y los cambios estacionales. El conocimiento llega a través del cuerpo. 
Siempre que reflexiono sobre esto, me acuerdo de un libro que fue toda una revelación y que me recomendó un amigo arquitecto hace años: Walkscapes: Walking as an Aesthetic Practice, de Francesco Careri .
Careri rastrea la caminata desde el nomadismo prehistórico hasta las prácticas artísticas contemporáneas, mostrando cómo caminar no es simplemente desplazarse por el espacio, sino un acto que produce espacio. Rutas de peregrinación, deambulaciones dadaístas, derivas situacionistas: todo revela la caminata como una forma de narrar y construir territorio.
Lo que nos resulta profundamente conmovedor es la insistencia de Careri en que caminar no se limita a atravesar un paisaje; le imprime significado.
En Pico, esta intuición se hace patente. Un sendero estrecho entre paredes de basalto no es solo una ruta. Transmite el trabajo agrícola, los ritmos estacionales, las partidas migratorias y las historias de regreso. Un sendero costero no es simplemente pintoresco; revela plantas tolerantes a la sal, recuerdos de la pesca y estrategias de resiliencia. Careri nos ayuda a articular algo que intuíamos: nuestras rutas a pie no son simples recorridos turísticos. Son prácticas espaciales.
En consonancia con el concepto de paisaje de tareas de Ingold y la teoría alimentaria de Appadurai, recorrer el paisaje comestible se convierte en una puerta de entrada a su metabolismo social. No caminamos para explicar las plantas, sino para descubrir las relaciones que les dan significado .
Caminar se convierte en etnografía.
Caminar se convierte en diseño curatorial.
Caminar se convierte en una práctica ética: ralentizar la percepción, resistir la extracción, invitar a la reciprocidad.
Y cuando caminar lleva a la cocina —cuando una planta identificada junto a un muro de piedra entra más tarde en el Laboratorio de Cocina— el ciclo de comprensión se cierra. El cuerpo que caminó es el cuerpo que saborea.
El paisaje ya no es algo externo. Es ingerido.

En el ámbito académico portugués, Maria Manuel Valagão ha contribuido significativamente a la comprensión de los recursos silvestres comestibles como parte de la identidad territorial. Su trabajo destaca cómo la documentación etnobotánica y los itinerarios interpretativos pueden preservar el conocimiento y fortalecer la continuidad cultural.
Desde esta perspectiva, las plantas silvestres no son casuales. Están arraigadas en la memoria colectiva y en las prácticas agrícolas. Registrarlas e identificarlas se convierte en una forma de salvaguardar el patrimonio inmaterial. Nos mantenemos en diálogo con este legado intelectual. La documentación importa. La interpretación importa. La transmisión importa.
Sin embargo, también nos preguntamos: ¿qué sucede después de la documentación? ¿Cómo pasa el conocimiento del archivo a la activación?
Pico está moldeado por la piedra volcánica y el viento atlántico. Sus famosos viñedos, protegidos por muros de lava negra, son quizás la expresión más visible de adaptación. Pero más allá de los campos cultivados, crecen plantas espontáneas en parcelas abandonadas, a lo largo de las costas, en los pastos y entre las piedras.
Históricamente, la agricultura de subsistencia estructuraba la vida en la isla. Las familias dependían de huertos diversificados, ciclos estacionales e improvisación. Las plantas silvestres comestibles y medicinales a menudo complementaban los cultivos. El conocimiento se transmitía oralmente, a través de la práctica más que de manuales.
El mar complica aún más esta ecología. Los recursos marinos, la exposición a la sal y las historias migratorias conectan a Pico con redes atlánticas más amplias. Aquí, la alimentación nunca es puramente terrestre.
Nuestra presencia en la isla no es una mera observación. Estamos integrados: vivimos parte del año en Pico, mantenemos relaciones profesionales y personales y colaboramos con los residentes. El Laboratorio del Observatorio surge de esta integración. No se trata de un proyecto de investigación extractiva, sino de un diálogo en constante evolución, basado en el afecto y el compromiso a largo plazo.

El Observatory Lab no es una iniciativa de una sola disciplina. Es una plataforma híbrida donde convergen la antropología, la práctica culinaria, el diseño curatorial y la participación comunitaria.
Con formación en antropología, psicología clínica, periodismo y cocina, nos acercamos al territorio a través de la escucha. La observación etnográfica —atenta, relacional y paciente— nos permite comprender no solo qué plantas se utilizan, sino también cómo circulan las historias sobre ellas.
Caminamos junto a los residentes. Observamos las prácticas de recolección. Documentamos los usos y los contextos. Prestamos tanta atención al silencio como al habla.
El conocimiento se comparte y se construye de forma conjunta.
Las sesiones introductorias, previstas para marzo de 2026, reúnen a residentes locales, especialistas en plantas como Fernanda Botelho , chefs de China continental como Natacha Dias y otros chefs locales y entusiastas de la gastronomía, incluyendo voces del mundo vegano como Zara Quiroga . El objetivo es educativo y exploratorio: ampliar el conocimiento sobre plantas y fomentar la adaptación creativa. 
Cocinar no es un accesorio del proyecto. Es un método de conocimiento.
En nuestras sesiones del Laboratorio de Cocina, preparamos, probamos, degustamos y analizamos plantas identificadas en el campo. La experimentación culinaria se convierte en una forma de indagación. ¿Qué sabores surgen? ¿Cómo cambian las texturas? ¿Cómo pueden dialogar los usos tradicionales con la innovación basada en plantas?
Cocinar transforma la comprensión teórica en conocimiento vivencial.
El Laboratorio del Observatorio es una plataforma de investigación, pero no puramente académica. Es aplicada, híbrida y relacional. Sus hallazgos pueden dar lugar a talleres, cenas temáticas, programas educativos o futuros productos alimenticios inspirados en el paisaje.
No vemos ninguna contradicción entre el rigor intelectual y la iniciativa empresarial. La activación ética del conocimiento local puede coexistir con experiencias cuidadosamente diseñadas que fomenten tanto la vitalidad de la comunidad como el turismo sostenible.
Pequeñas islas como Pico ofrecen valiosas lecciones para la concepción actual de la alimentación. En tiempos de incertidumbre climática y fragilidad del suministro global, las plantas silvestres y los sistemas de conocimiento locales recuperan relevancia.
El Laboratorio del Observatorio no idealiza la escasez ni fosiliza la tradición. En cambio, concibe la isla como un laboratorio viviente, donde convergen la ecología, la creatividad, la memoria y la innovación.
Leemos el paisaje.
Lo recorremos.
Cocinamos con él.
Lo escuchamos.
Y al hacerlo, participamos en su continua transformación.
El panorama gastronómico de Pico no es solo algo para interpretar.
Es algo para habitar, cuidar y cocrear.
Artículo de:
Sílvia Olivença (antropóloga y guía gastronómica/directora ejecutiva de Oh! My Cod Ethnographic Food Tours & Trips)
Fotos de:
Sílvia Olivença (antropóloga y guía gastronómica/directora ejecutiva de Oh! My Cod Ethnographic Food Tours & Trips)
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